Atormentados

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​“Me gustaría dejar de pensar en ello… ¡pero no puedo!”. Este es uno de nuestros lamentos más frecuentes cuando nos encontramos secuestrados por un auto-diálogo que nos atormenta. S
abemos que no es sano, ni útil, ni productivo, encasillarnos en la tortura mental de no dejar de pensar en algo que nos aflige, sin embargo no sabemos cómo evitarlo. En algunos casos, ni siquiera pretendemos evitarlo porque creemos que preocuparnos mucho nos hace más responsables o nos servirá de ayuda para hallar la solución. Así, damos vueltas al tema de forma obstinada, alimentando un estado de ánimo cada vez más abatido. Nos pasa como a Nasrudín:

Cada mañana Nasrudín corría dando vueltas alrededor de su casa una y otra vez. Su vecino le preguntó:

 - ¿Para qué corres todos los días alrededor de tu casa, Nasrudín?
 - Para espantar a los tigres.
 - ¡Pero si aquí no hay tigres!
 - Ya ves que funciona…

Nosotros hacemos lo mismo. Giramos insistentemente alrededor de lo que nos obsesiona, como si así pudiéramos espantar a nuestro depredador mental. Lo que sucede, es que nos agotamos física, mental y emocionalmente. Nuestra mente se encuentra azotada por una tormenta, nuestras emociones alcanzan niveles de alteración que se nos hacen insoportables y nuestro organismo sufre las consecuencias de todo ello.

Este diálogo interno que nos abruma, es generalmente provocado por pensamientos automáticos, expresados como locuciones o imágenes relacionadas con estados mentales intensos, ya sean eufóricos, iracundos, ansiosos, depresivos, etc. Enmascaran la realidad, constituyendo una versión subjetiva de lo que nos acontece y otorgándole un significado a menudo erróneo. Al ser involuntarios, creemos que no podemos ejercer ningún control sobre ellos, lo cual añade sensación de impotencia y frustración. Unas veces afloran espontáneamente, y otras, no podemos dejar de entretenernos en ellos. No sabemos diferenciar si los creamos nosotros o nos invaden sin piedad. Nos volvemos neuróticos y nos creemos incompetentes para salir del atolladero, porque además, solemos atribuir al exterior el origen de nuestro malestar. Epícteto afirma que podemos reeducarnos: "Responsabilizar a los demás de los infortunios propios es un signo de falta de educación; responsabilizarse uno mismo indica que la educación ha comenzado". Efectivamente, podemos. Siempre, bajo cualquier circunstancia y a cualquier edad.