Caminos de agua

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Cuando la incertidumbre se apodera de nosotros y aparece el miedo al fracaso, nuestros pensamientos han de ser como el agua.

El agua no tiene forma, toma la forma del recipiente que la contiene. Nuestros pensamientos tienen esa misma propiedad, son moldeables y podemos adaptarlos a voluntad, y la voluntad es la fuerza motriz más poderosa que existe. ¿Qué es lo que normalmente nos impide avanzar? El miedo. El miedo psicológico a avanzar toma distintas manifestaciones: preocupación, ansiedad, nerviosismo, temor, fobia, etc. Se trata de un miedo que planea sobre lo que va a ocurrir en un futuro más o menos cercano. Estamos aquí, temiendo las consecuencias que nuestro hoy pueda tener en el mañana. Claro que las tiene y es fundamental no perder de vista esa relación de causalidad para no convertir nuestro pensamiento presente en el verdugo de nuestro futuro. 

Para avanzar con paso firme, sea cual sea nuestro objetivo, debemos des-identificarnos de nuestros pensamientos irracionales. La tendencia a la vulnerabilidad puede incitarnos a creer que somos unos fracasados, y si mantenemos esa creencia, nos puede resultar bastante fácil actuar inapropiadamente para verificarla. ¿Cómo? Abandonando cualquier iniciativa, manteniéndonos bloqueados por el miedo, o actuando mal a causa de él. En los casos más extremos de temor, éste se transforma en fobia al fracaso(atiquifobia), pudiendo resultar muy paralizante al boicotear nuestras posibilidades e impedir que nos involucremos en nuevos proyectos. Incluso cuando el temor al fracaso se convierte en fobia, es posible superarlo modificando nuestros procesos cognitivos.

“Soy un fracasado” es solamente un pensamiento irracional, no es una verdad indiscutible. Aunque haya hechos de nuestro pasado que –continuando con nuestra irracionalidad- insistamos en considerar fracasos, su existencia no es una prueba de que estemos condenados a fracasar en cualquier desempeño. Si permitimos que nuestra mente continúe albergando pensamientos derrotistas, lo único que conseguiremos es encontrarnos físicamente mal y alimentar la ansiedad subyacente. Teniendo en cuenta que las emociones son la respuesta corporal a nuestros pensamientos, el mensaje que el cuerpo está recibiendo continuamente de una mente ansiosa es de peligro, y la emoción generada por ese mensaje será de miedo. Si nos identificamos con lo que pensamos, si le damos credibilidad a nuestra angustia, seremos incapaces de actuar con inteligencia. Siempre podemos enfrentarnos al presente, y si lo hacemos desde una perspectiva lógica y racional podremos exprimir nuestras capacidades y dar lo mejor de nosotros. A lo que no podemos enfrentarnos es al futuro, es decir, a lo que es únicamente una proyección mental de lo que tememos que puede ocurrir.

Ante el miedo al fracaso, debemos pues empezar por identificar esa creencia como lo que es: únicamente una creencia irracional que nos limita. A continuación disputarla de forma objetiva, alejándonos conscientemente de la profunda necesidad compulsiva de tener razón respecto a ella, de la misma manera que cuando un niño pequeño comete un error, le hacemos ver que tiene que volver a intentarlo y que un paso en falso es un camino hacia el aprendizaje, no una prueba de su torpeza. Es increíblemente insólito lo sencillo que nos resulta hacer este tipo de consideraciones cuando estamos educando a un niño, y lo dramáticamente complicado que nos resulta aplicarnos a nosotros mismos ese razonamiento. 

El pensamiento racional sostenido conseguirá que tomemos una perspectiva más útil y activa, y también nos permitirá considerar el coste de la oportunidad perdida, las alternativas de enfoque y de acción posibles, elaborar un plan de contingencia, fragmentar el objetivo final en pequeñas metas a corto plazo, etc. Nos dará opciones que el miedo irracional al fracaso no nos dejaba plantearnos. Así podremos caminar con paso firme, sin temor a que nuestras pisadas ni siquiera dejen huella y por encima de todo, teniendo la profunda convicción y aceptación de que no siempre la vida es como nos gustaría que fuera, que casi todo en ella es incierto y que, -a pesar de todo- vale la pena seguir viviéndola con entusiasmo.