Dejar ir

20150324DejarIr

Empezaremos con un ejercicio: Anotad en un papel la pregunta “¿Quién soy yo?” y en un minuto tomad nota de todas las respuestas que se os ocurran. Algunas personas habrán respondido desde el rol: “soy madre, esposa, profesional, amiga, etc.” Otras desde la imagen que tienen de sí mismas: “Inteligente, triste, alegre, voluntariosa, etc.” Nos identificamos con lo que hacemos, con lo que sentimos, con lo que pensamos, con las personas que nos rodean, incluso con lo que tenemos. Creemos que todo eso configura nuestra identidad y nos aferramos a esa identidad porque creemos que sin ella nos veremos abocados a un vacío que nos asusta. De toda la película de nuestra vida, tomamos un solo fotograma y decimos “esto es lo que soy”, esa es la base de lo que desde las tradiciones budistas se llama apego.

El problema empieza cuando todas esas relaciones, roles, ideas o sentimientos con los que nos identificamos nos dañan. Entonces nos aferramos a relaciones insanas, dependientes o dañinas, a la tristeza, a las viejas creencias y condicionamientos, etc. Aunque nos duela, preferimos la certeza de saber quienes somos a la incertidumbre de descubrirlo momento a momento. Podemos imaginar que estamos nadando en un río, mientras vayamos a favor de la corriente tendremos la sensación de dejarnos llevar, de fluir. Cuando intentamos nadar contra la corriente aparece el agotamiento y la impotencia. Nadamos contra corriente cuando tratamos de cambiar lo inevitable o aferrarnos a lo que se nos escapa o a lo que nos hace daño. Necesitamos dejar ir.

Para muchas personas dejar ir implica un duelo por un ser querido, para otras implica asumir cambios (una separación, una mudanza, un cambio de trabajo, etc.) o darse cuenta de que ya no son la persona que eran, ni se sienten de la misma forma. Asumir todos los pequeños o grandes duelos que nos acompañan para poder seguir adelante no es sencillo. Sin embargo es imprescindible, necesitamos dejar ir para poder abrirnos a lo nuevo. De otra forma corremos el riesgo de estancarnos y dejar de crecer. De la misma forma que en el agua, todo lo que se estanca se pudre. Desde la terapia gestalt se afirma que nos aferramos a aquello que sentimos que no hemos podido concluir, y se considera que al no permitirnos evolucionar esas situaciones inconclusas son el origen de las patologías y el sufrimiento. ¿Qué es lo que no nos permite soltar para seguir adelante?

En primer lugar, la falta de conciencia acerca del cambio o de la pérdida. Muchas teorías del duelo hablan de la fase de negación como la primera fase del proceso de duelo. La negación es la primera respuesta natural ante la amenaza para nuestra identidad que supone cualquier forma de cambio. Las personas niegan aquello que sienten como intolerable así que es necesario tratar con respeto el dolor que intuimos detrás de la negación e indagar con suavidad para que la persona pueda ir progresivamente tomando consciencia.

Habitualmente, cuando las personas toman plena consciencia de lo que ha cambiado evolucionan progresivamente hacia la aceptación. La aceptación, incluso la aceptación de una mejora o de un cambio gozoso implica siempre una parte de dolor: muchos pacientes que se curan tras un largo periodo de enfermedad además de la alegría experimentan un sentimiento de vacío al desaparecer la lucha contra la enfermedad como una fuente de sentido y propósito en su vida.

Algunas personas pueden quedarse ancladas en el sufrimiento a pesar de ser conscientes de la pérdida o el cambio. Mantenerse en el sufrimiento es una forma de permanecer fiel a lo que se ha ido, es una forma de negar el cambio aunque concientemente se reconozca.

Los sentimientos no expresados son los que a menudo nos llevan a permanecer anclados en el pasado. Ejemplos de sentimientos que necesitamos expresar para poder seguir adelante son el amor y la gratitud, la pena por lo que no podrá ser o el enfado por lo que nunca debió suceder. En este sentido, las despedidas (de una persona, de una etapa de nuestra vida o de una parte de nosotros mismos) son muy necesarias.

Dejar ir implica transitar el dolor y para muchas personas ese es un camino difícil de recorrer en solitario. Uno de los papeles más encomiables de los terapeutas es acompañar a las personas en el proceso de dejar ir para abrirse de nuevo a la vida que les aguarda.

Autor: 
psicoterapiacotidiana