Desensibilización: el dolor por la vida no vivida

Desensibilización: el dolor por una vida no vivida

La madre de Ana murió cuando ella tenía tres años. Ella se crio con su padre y su abuelo paterno. Su padre era comercial y pasaba la mayor parte del tiempo viajando, ella se quedaba con su abuelo que a pesar de no desatender nunca sus necesidades físicas no era capaz de mostrarse cariñoso con ella y tenía más tendencia a ser excesivamente crítico y punitivo como forma de educarla. Cuando Ana cumplió doce años su padre conoció a una nueva pareja y se fue a vivir con ella, a Ana nunca le dieron la opción de elegir si quería vivir con su padre o con su abuelo, simplemente se dio por hecho que viviría con el abuelo para no ser una carga para su padre y su nueva pareja.

El primer día de sesión, Ana dice que no entiende porque la han aconsejado ir con un psicólogo. Su médico le sugirió la posibilidad tras intentar tratarla sin éxito de migrañas y dolor cervical. En las primeras entrevistas, durante la exploración biográfica Ana da pocos detalles acerca de su infancia, habla con pocas palabras de la muerte de su madre y de la vida con su abuelo. Luego se interrumpe y dice, “….sé lo que estás pensando, no creo que nada de eso me haya afectado, lo tengo muy superado ya”. Cuando habla acerca de su relación de pareja dice que cree que están “bien, cómo todas las parejas” En general le cuesta profundizar en temas emocionales y en todo caso achaca las migrañas y el dolor cervical a circunstancias de estrés laboral.

Cuando empieza a hablar del trabajo, Ana comenta que han despedido a dos personas en su departamento y actualmente ella y una becaria se hacen cargo de todo el trabajo. Su discurso se vuelve más prolijo cuando habla de las exigencias desmedidas de su jefe y un determinado momento su terapeuta nota como cierra los puños y tensa la mandíbula. Le señala el gesto y le pide que lo exagere durante un rato. Cuando su terapeuta le pide que ponga consciencia en cómo se siente le tiembla la boca y los ojos se le enrojecen. “Impotente”, responde, mientras hace evidentes esfuerzos por no llorar.

Para entender el caso de Ana necesitamos hablar de lo que en Gestalt se llama el ciclo de consciencia. El ciclo de consciencia es el camino que las personas seguimos para satisfacer una necesidad. Dentro de ese ciclo lo que necesitamos hacer en primer término es tomar consciencia de que necesitamos algo. No obstante, algunas personas que como Ana de pequeños han aprendido que nunca recibirán afecto o reconocimiento por parte de los demás, simplemente aprenden a no pedir ese afecto y a no sentir su necesidad. En terapia Gestalt al bloqueo que nos impide hacernos conscientes de qué necesitamos lo llamamos desensibilización. Cómo todos los mecanismos de defensa se trata de un intento de sobrevivir en las circunstancias en que nos tocó vivir, Ana necesito no necesitar cariño porque de todas formas no había nada en su entorno que se lo pudiera proporcionar. Perls hablaba de la desensibilización como la “pérdida del sí mismo”. Es una forma de referirse al precio que pagamos por no sentir dolor, pasar por la vida cómo autómatas, ajenos a nuestros afectos y desconectados de lo que sentimos. Paradójicamente, las personas que viven desensibilizadas a menudo esconden un profundo sentimiento de desesperación y de vacío que se narra cómo desprovisto de causa. Ese sentimiento, que no es más que la queja de nuestra parte más profunda por toda la vida no vivida puede llegar a esconderse tras las formas más graves de depresión.

En el próximo artículo, a partir del mismo caso hablaré acerca del mecanismo que se esconde tras las somatizaciones y posibles enfoques terapéuticos para trabajar con las emociones que se manifiestan a través del cuerpo.

Autor: 
psicoterapiacotidiana