El baúl de los recuerdos (I)

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Muchas personas dicen “tengo mala memoria” o “tengo muy buena memoria”, como si la memoria fuera algo que se posee, un rasgo fenotípico como el color de los ojos o de la piel. Suele compañar a esta noción de memoria la idea también incorrecta de que la memoria es invariable, en el sentido de que si tenemos dificultades para recordar nada podemos hacer al respecto. No es así, la memoria puede ejercitarse y potenciarse, de hecho muchos de los aprendizajes que hacemos en la vida son fruto de la repetición y están sustentados en la memoria.

Para hablar con propiedad tenemos que saber que la memoria no es una característica inalterable que podamos asumir tener en mayor o menor grado, no existe en el modo en que existe una parte de nuestro cuerpo, no es algo que podamos tocar. La memoria es un proceso que involucra diversas zonas del cerebro, un concepto que se refiere al proceso de recordar y que es susceptible de ser entrenado. Prueba de ello es que existen personas con capacidad de recordar una cantidad de información que a la mayoría nos parece prácticamente imposible, como las personas que entrenan el proceso de memorización para participar en los “torneos de memoria”.

Para no entrar en disquisiciones teóricas provenientes de diferentes autores podemos recurrir a la definición de memoria que proporciona la Real Academia Española de la Lengua: “la memoria es la facultad psíquica por medio de la cual se retiene y se recuerda el pasado”.

Mediante la memoria registramos y almacenamos experiencias, ideas, imágenes, sonidos, datos, etc. Cuando esta información pasa a formar parte del pasado la llamamos “recuerdos” y estos pueden ser reactivados y evocados, unas veces de forma premeditada y otras sin pretenderlo.

Hay diferentes tipos de memoria y también diferentes clasificaciones; el esquema que viene a continuación presenta los tipos más significativos y está basado en la taxonomía de Tulving y Schacter (1990), quienes hablaron de distintos sistemas de memoria en función de los mecanismos cerebrales involucrados, el tipo de información que manejan y los principios de sus operaciones.    

La memoria sensorial es la más fugaz y recoge toda la información captada a través de los órganos de los sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Podemos recuperar esa información aunque el estímulo que la provocó haya finalizado. Generalmente esta información es transferida desde la memoria sensorial a la memoria a corto plazo en menos de un segundo y puede permanecer allí alrededor de veinte segundos; si en ese lapso de tiempo no desaparece se almacenará en la memoria a largo plazo pudiendo permanecer en ella para siempre. La memoria sensorial capta información en forma de “instantáneas de la realidad” a través de lo que vemos, oímos, olemos, saboreamos y tocamos en nuestro entorno. Si esa información la ignoramos, si no le prestamos atención, sencillamente la olvidaremos. Así se explica que no sepamos el nombre de calles de nuestra ciudad por las que hemos transitado varias veces si simplemente hemos optado por considerar esa información irrelevante, como no la hemos introducido en la memoria, se desvanece. Aunque sin darnos cuenta hayamos leído el nombre de la calle, si no nos parece importante retenerlo esa instantánea fotográfica desparecerá y lo olvidaremos completamente. De aquí se deriva que hay un tipo de memoria que es atencional.

La memoria sensorial adopta distintos nombres en función del sentido del cual provenga. Por ejemplo, la memoria sensorial que proviene del oído es la memoria ecoica y gracias a ella continuamos “oyendo” una melodía durante unos segundos aunque haya terminado. La memoria sensorial que proviene de la vista es la memoria icónica, que nos permite recordar brevemente el semblante de una persona con la que nos acabamos de cruzar. Cuando la memoria sensorial queda registrada en la memoria a largo plazo puede llevarnos a evocar experiencias del pasado: un olor a comida puede recordarnos una experiencia infantil (el puchero de la abuela); el tacto de unas sábanas puede recordarnos aquellos días en casa de los tíos cuando éramos niños; también situaciones habituales pueden traernos el recuerdo de situaciones pasadas si vemos algo o a alguien que relacionamos con una experiencia anterior.

La memoria a corto plazo almacena información durante un espacio de tiempo limitado que oscila alrededor de un minuto. Gracias a ella interactuamos con el ambiente y podemos recordar informaciones que serán olvidadas. El ejemplo más utilizado es el del camarero que recuerda lo que le piden los clientes el tiempo suficiente para atenderles, sin llegar a almacenar y acumular toda la información que recibe de todos los clientes durante su jornada de trabajo. Aquí la percepción de relevancia también es un factor clave, el camarero es capaz de recordar los precios de diferentes platos porque sabe que retener esa información le resultará útil, sin embargo no necesita recordar qué ha comido cada persona a no ser que se proponga retener información sobre algún cliente en concreto para “sorprenderle” en la próxima visita con una atención particular: “El café muy corto, ¿verdad?” En éste último caso existiría la voluntad consciente de pasar el contenido de lo memorizado a la memoria a largo plazo.

A la memoria a corto plazo la llamamos también memoria de trabajo dado que permanece activa para manejarnos en situaciones de tiempo limitado. Otro ejemplo común es repetirnos dos o tres veces un número telefónico que nos acaban de decir y retenerlo el tiempo suficiente hasta utilizarlo. Es una memoria que decae velozmente, en especial si nos distraen o perdemos la atención. Olvidar todo lo irrelevante que almacenamos en la memoria a corto plazo tiene enormes ventajas, ya que en caso contrario no tendríamos opción de memorizar datos nuevos (pensemos de nuevo en el ejemplo del camarero) y la acumulación podría provocar interferencias si la información almacenada a corto plazo fuera continuamente recurrente, ya que la recuperación de la memoria a corto plazo es inmediata, no necesitamos esforzarnos en recordarla. La memoria a corto plazo deshecha lo que no necesita y traslada al largo plazo lo que considera importante.

La memoria a largo plazo es el gran baúl en el que permanecen guardados los recuerdos de forma inactiva e inconsciente. Toda esa información se activará y se volverá consciente cuando la recuperemos. Hasta donde sabemos acerca del cerebro la capacidad de almacenamiento es ilimitada y las funciones involucradas en la memoria forman un conjunto muy complejo. Si te invito a que pienses en un objeto, por ejemplo un bolígrafo, diversas zonas cerebrales se activarán y todas ellas trabajarán en equipo: tu cerebro rescatará el significado del nombre “bolígrafo”, su forma, su función, su tacto si piensas en cogerlo, el sonido cuando se desliza sobre el papel, incluso puede que le asignes un color concreto al bolígrafo y a su tinta. Cada parte del recuerdo de lo que es un “bolígrafo” procede de una región cerebral distinta y la reconstrucción es una especie de ensamblaje que da lugar a un todo coherente que es el “bolígrafo”.

Cuando estás conduciendo, el recuerdo acerca de cómo manejarte en la conducción procede de una zona cerebral concreta, el recuerdo de cómo ir desde tu casa hasta el final de la calle, de otra, el recuerdo de cómo conducir de forma segura respetando las señales, de otra, y la sensación de nerviosismo cuando una moto te adelanta acercándose demasiado, de otra. Tú no eres consciente de todas esas experiencias mentales y tampoco lo eres de su procedencia de distintas partes de tu cerebro dado que funcionan de una manera perfectamente sincronizada.

La memoria a largo plazo a menudo se divide en otros dos tipos: la memoria explícita o declarativa y la memora implícita o procedimental.

La memoria implícita o procedimental nos contesta a la pregunta “¿Cómo sé?”. Es la memoria inconsciente sobre nuestras habilidades para hacer las cosas, utilizar objetos o máquinas o mover el cuerpo. Estamos hablando de actividades como tocar la guitarra, conducir, escribir. Los recuerdos se han formado normalmente mediante la repetición y la práctica y suelen incluir conductas automáticas sensomotoras tan interiorizadas que no tenemos que ser conscientes de que las realizamos.

Memoria explícita o declarativa: un pequeño truco para recordar en qué consiste es pensar que responde a la pregunta “¿Qué sé?”. Es la memoria que almacena hechos, sucesos y se refiere a lo que podemos recordar o declarar de forma consciente. Se la llama también explícita porque contiene información que es explícitamente almacenada y recuperada. La memoria declarativa puede a su vez dividirse en memoria episódica (referida a experiencias) y memoria semántica (referida a conceptos).

La memoria episódica representa nuestros recuerdos de experiencias y sucesos específicos en el tiempo que podemos reconstruir. Es la memoria autobiográfica mediante la que recordamos épocas, lugares, personas, asociados a emociones y a otros contextos de conocimiento. Solemos vernos a nosotros mismos como actores de una situación concreta y tanto la carga emocional como el contexto general del suceso forman parte del recuerdo.

La memoria semántica se refiere a una forma más estructurada de hechos, significados, conceptos y conocimientos sobre el mundo externo, pero sin una implicación de experiencia personal. Gracias a ella recordamos el vocabulario, las costumbres sociales, la información acerca de un país, o comprendemos las matemáticas. Suele ser abstracta y está asociada al significado de los símbolos verbales.

Otras clasificaciones hablan de memoria retrospectiva, fotográfica, espacial, literal, etc. aunque estas denominaciones estarían también incluidas en los tipos que hemos mencionado.

En un próximo artículo veremos en qué consiste este increíble proceso que llamamos memoria, qué nos dice la ciencia acerca de sus fundamentos neurológicos.