La agresión, motor de la evolución humana y el canibalismo, práctica común

La evolución humana ha sido posible por múltiples causas que incluyen el lenguaje y la cultura. Pero la agresión y el conflicto ayudan a explicar el rápido desarrollo de nuestras capacidades. Paralelamente, los casos de documentado canibalismo aumentan.

Los restos humanos encontrados en la cueva de Gough en Inglaterra son muy elocuentes. Hace 14.000 años (ayer como quien dice) los humanos se comían a sus congéneres en unas sofisticadas prácticas. Anteriormente se habían encontrado huesos humanos entre huesos animales que indicaban que ambos eran plato común en la dieta de otros humanos. En Inglaterra, los signos son más evidentes. Los comensales usaban piedras para filetear la carne de sus víctimas y machacaban los huesos para obtener el tuétano de su interior. Pero más revelador aún, los huesos contenían marcas de dientes lo que no ofrece duda sobre el final de los muertos.
Sin embargo, los cráneos estaban en buen estado con evidencia de haber sido vaciados de su contenido. Todo indica que el destino de los cráneos era fabricar copas para beber. De este modo el canibalismo no solo era una práctica alimentaria sino sobre todo ritual. Un rito y unas creencias que desconocemos.
Otra publicación reciente habla de la práctica de comernos a nuestros congéneres. Esta vez es en el rico yacimiento de Atapuerca. El Homo antecessor, que habitó en la Gran Dolina, Burgos, España, vivió hace mucho más tiempo, 800.000 años y se cree que pudo ser precursor de los neandertales.
Entre los restos encontrados hay huesos de 11 individuos de corta edad mezclados con huesos de otros animales. Los investigadores comparan el canibalismo de Homo antecessor con la conducta actual de los chimpancés que en determinadas ocasiones se comen a sus congéneres.
Utilizamos una analogía con la conducta de estas primates para proponer que los homínidos de TD6 llevaban a cabo ataques de bajo riesgo sobre miembros de otros grupos para defender el acceso a los recursos dentro de los propios territorios y tratar de ampliar estos espacios en detrimento de los grupos vecinos
Pero en aquellos tiempos despreciar el cuerpo de un tierno humano era una mala idea. Mejor comérselo. De modo que por guerra, ritual o hambre, comernos a nuestros semejantes ha sido práctica común en nuestra corta historia.
Lo de corta tiene sentido porque es imposible encontrar una evolución más rápida que la humana. Nos separamos de la línea evolutiva de los chimpancés hace 5 millones de años. Lucy, el famoso fósil de Etiopía vivió hace 3 millones de años. La diferencia básica y por la que se la considera precursora del hombre es que andaba sobre dos piernas, pero su cerebro era equivalente a los chimpancés, medio litro. Desde entonces el cerebro se ha multiplicado por tres hasta alcanzar el volumen actual de 1,5 litros.
Muchos elementos han contribuido a la evolución humana. Bajar de los árboles, llevar una vida en grupo, el pulgar oponible, la bipedestación, el lenguaje y la cultura. Pero la agresión parece ocupar un papel esencial. No en vano todos nuestros antecesores han desaparecido.
En épocas de bonanza la población se extendía. Cuando llegaban los malos tiempos, las poblaciones se fragmentaban quedando reducidas a pequeños grupos. Estos grupos evolucionaban genéticamente por separado. Cuando llegaban de nuevo los buenos tiempos, las poblaciones, antes separadas, volvían a juntarse. Y al ocupar espacios próximos, se peleaban y hacían desaparecer a los que en ese periodo habían evolucionado menos. Así durante tres millones de años acelerando la evolución.
La cultura ha sido un motor fundamental en nuestra evolución, pero posiblemente también la agresión y el conflicto. Y si estás hambriento, ¿quién puede rechazar un manjar bien servido aunque se trate de un primo tuyo?

Autor: 
noreply@blogger.com (Antonio Orbe)