La autoestima, un concepto peligroso

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Se dice que tener una baja autoestima nos impide desarrollar todo nuestro potencial, puede conducirnos a tolerar situaciones o relaciones abusivas e incluso abocarnos a la depresión. Nada de ello es absolutamente cierto.​ Solemos entender la autoestima como la apreciación que una persona tiene sobre sí misma medida por el grado en que se considera capaz, competente y exitosa y apuntalada con la aprobación propia y ajena. A esta valoración se le confiere un carácter estable en el tiempo, que lleva a expresiones del tipo “esa persona tiene mucha autoestima”, pretendiendo que cualquier flaqueza esporádica será transitoria y ajena a la fortaleza de su autovaloración.

Esta idea de la autoestima se remonta a mediados del siglo pasado, cuando Nathaniel Brandem publicó en 1969 su Psicología de la autoestima: un nuevo concepto de la naturaleza psicológica del hombre, en el que presentaba la autoestima como un concepto siempre positivo y lo dividía en dos tipos de evaluación: la autoeficacia (capacidad para resolver los retos) y laautovaloración (cómo la persona se ve a sí misma). A mayor autoeficacia, mayor autovaloración, es decir: la autoestima es una valoración condicionada, ha de ser ganada y se aprovisiona de la cantidad de éxitos logrados. Un siglo antes, William James hizo en ese mismo sentido, una primera aproximación a la autoestima al asegurar que sin intento no puede haber fracaso y sin fracaso no hay humillación, correlacionando el triunfo con la autoestima y el fracaso con la infravaloración. Por supuesto, podemos encontrar en el extremo contrario al individuo del que, a pesar de su persistente ineficacia y negligencia, se dice que tiene una autoestima elevadísima, lo que le sitúa indefectiblemente antes los ojos ajenos como alguien narcisista. 

Albert Ellis le da una fuerte sacudida al concepto de autoestima, llegando a afirmar que es el mayor obstáculo en la conquista de la felicidad. Nuestra condición humana nos impele a autocalificarnos y lo hacemos de forma natural. Medimos y consideramos nuestra competencia profesional, la capacidad de relacionarnos, las habilidades deportivas, las aptitudes expresivas, las intelectuales… absolutamente todo lo que hacemos lo etiquetamos con un valor que categoriza toda nuestra esencia humana. Ese es el error. Si nuestra valía como persona depende de nuestro éxitos y de la aprobación ajena, nuestro sentimiento autovalorativo siempre será momentáneo y frágil puesto que los seres humanos somos falibles, imperfectos e inconsistentes en nuestros éxitos. Con esta visión radicalmente distinta del concepto de autoestima no me evalúo a mí mismo, sino a mis actos; hay que distinguir entre lo que soy y lo que hago. Ellis apuesta por la autoaceptación incondicional (USA: Unconditional Self-Acceptance): me valoro a mí mismo porquedecido hacerlo, porque como ser humano soy valioso, no por lo que he conseguido o por la valoración que otros me otorgan. Si mi autovaloración es condicionada, me veré irremisiblemente abocado a la infravaloración cada vez que me equivoque o que me juzguen mal, y no es lo mismo cometer un fallo que sentirme un perfecto inútil. Un error es una consecuencia de alguno de mis actos, en cambio, sentirme un inútil engloba toda mi persona, me lleva a desconfiar de mis posibilidades, a sentime indigno de respeto, a deprimirme.

La persona sana y feliz, rechaza medir su valor intrínseco a través sus éxitos extrínsecos o de lo que los demás piensen sobre ella; escoge aceptarse a sí misma de forma incondicional, siendo consciente de las imperfecciones de sus pensamientos, sentimientos y acciones, tratando de corregirlas y de utilizarlas como experiencia para desenvolverse mejor en el futuro, y sobre todo, evitando calificarse a sí misma de forma global. Perseguir la felicidad probándonos constantemente nuestra valía como ser humano es una carrera desenfrenada hacia la desdicha, puesto que jamás estaremos a la altura de todo y de todos.