La memoria como catapulta

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El conocimiento es una de las fuentes de crecimiento. Cuanto más sepamos acerca de cómo somos y cómo funcionamos mejor podremos comprender qué podemos hacer para mejorar. Saber cómo funciona la memoria nos ayudará a entender sus mecanismos de acción y a potenciarla a través del entrenamiento. Pero antes de explicar las bases neurológicas de la memoria, me permito sugeriros una reflexión sobre lo que la memoria nos ofrece.

Si nos detenemos un momento a pensar en “lo que somos” caemos en la cuenta que la respuesta la buscamos en lo que podemos recordar. Escenas familiares de la infancia, el primer amor, las anécdotas de la adolescencia. Nos identificamos con el recuerdo de nuestras vivencias, experiencias, conocimientos, habilidades, familia, profesión, amigos, etc. Gracias a los recuerdos recuperamos toda esa información y le damos significado a lo que somos “nosotros mismos” en el presente. Es decir, una buena parte de lo que consideramos nuestro “yo actual” procede del baúl de la memoria.

Si pensamos en nuestro desarrollo como seres humanos desde una perspectiva temporal, podríamos considerar nuestra vida como una línea de tiempo en la que podemos distinguir tres etapas: el pasado, el presente y el futuro. La línea del tiempo pasado es incremental y crece de forma vertiginosa, mientras estoy escribiendo cada una de estas líneas la anterior ya pertenece al pasado, aunque sea un pasado muy inmediato. El presente es fugaz si lo consideramos instante a instante. El futuro es una línea que aun no está trazada y cuando lo esté se convertirá rápidamente en pasado. Para comprender esta idea podemos utilizar el ejemplo de una niña de cuatro años a la que su mamá le dice “mañana iremos a la playa” y al día siguiente la niña se despierta, corre a buscar a su madre y le pregunta “mamá, ¿hoy es mañana?”.

Sin embargo, definirnos únicamente a través del bagaje existencial almacenado en nuestra memoria a largo plazo es una visión estática de lo que somos, puesto que lo que somos está en permanente evolución gracias también a las posibilidades que nos ofrece el presente. Nuestra dimensión genética nos ha dotado de una serie de rasgos heredados a través de generaciones en las que el ser humano ha desarrollado sus capacidades de forma inusitada. Nuestra biología actual nos facilita los recursos para seguir creciendo como personas, para sobreponernos a las dificultades, para considerar los obstáculos un reto desde el cual hacernos más sabios. Que nos quedemos estancados o bloqueados o que decidamos actuar es una posibilidad, una opción y una elección que tenemos en el presente.

Esta opción la describe Epícteto en su frase: “Uno es lo que hace con lo que uno es”. Esta concepción de lo que somos abre una puerta a lo que podemos ser en cualquier aspecto de nuestra vida. Lo que hacemos con lo que somos es lo que nos permite avanzar. Gracias a la memoria explicamos nuestra historia y también gracias a la capacidad que nos da la memoria trazamos punto a punto la línea que nos lleva a nuestro futuro. La frase de Epícteto tiene que servirnos de catalizador para ponernos en marcha, sea cual sea el punto de partida. Si estamos viviendo una época en la que nos sentimos desesperanzados, extenuados, sin ilusiones y pensando que no lograremos salir de la situación, lo mejor que podemos hacer es pensar “soy lo que hago con lo que soy”. En este momento puedo ser una persona que se siente débil o insegura, puedo ser alguien que se pregunta qué hacer para recuperar el ánimo. Si es así, he de pensar que tengo la opción de escoger. Aunque me falten las fuerzas y todo me parezca demasiado complicado, comprender que tengo la opción de escoger es crucial. A partir de esta comprensión, cojo todo lo que soy, mis flaquezas, mis miedos, mis angustias, mis interrogantes… pero también mis fortalezas, mis ansias, mis capacidades, y con todo ello decido qué hago con lo que soy.

La Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC) tiene un enfoque filosófico muy profundo, en la línea de pensamiento de Epícteto y otros autores clásicos. Nos enseña que cuando paso a la acción, -sea cognitiva y/o conductual-, algo empieza a cambiar. Gracias a la memoria aprendemos y gracias al aprendizaje avanzamos. Aunque sea despacio, pasito a pasito, los pequeños cambios que vamos incorporando modifican todo nuestro ser. Está bastante extendida la idea de que los cambios psicológicos son lentos y difíciles, pero existen miles de evidencias de personas que con perseverancia han ido administrando las escasas fuerzas que tenían al principio para con cada progreso ganar coraje. Casi siempre el resultado de los pequeños avances nos dejan sorprendidos porque estamos utilizando capacidades que teníamos aletargadas o que tal vez nunca habíamos sospechado que existían. Otras veces, flaqueamos, tropezamos y pensamos que se trata de un retroceso, pero nunca es así. Cuando aprendemos algo ese aprendizaje queda codificado en nuestra memoria y si lo vamos reforzando podremos incluso llegar a automatizarlo. Nos sirve como ejemplo el aprender un idioma. Si estudiamos durante una semana y luego lo dejamos, lo aprendido quedará almacenado de forma inactiva en nuestra memoria a largo plazo. Si pasa mucho tiempo y no lo utilizamos tendremos la sensación de haberlo olvidado. Pero si retomamos el estudio recuperaremos lo aprendido y si le dedicamos tiempo lo iremos consolidando. Al comprobar los avances nos sentiremos alegres, confiados, ganaremos fortaleza emocional. La fortaleza emocional proviene de un pensamiento lógico, saludable, útil, de manera que ejercitarnos en ello nos llevará a conseguir nuestro objetivos de aprendizaje ya que cognición, emoción y conducta se retroalimentan.

Siguiendo con la ayuda de los grandes filósofos, Aristóteles tiene también una máxima que ejemplifica los objetivos terapéuticos de la TREC: “Somos lo que hacemos repetidamente; la excelencia estonces no es un acto, es un hábito”. Esto es exactamente lo que la TREC nos enseña: ahora somos lo que somos, y lo que hagamos con ello tendrá una consecuencia a partir del momento en que pasemos a la acción. Esa acción, repetida una y otra vez se almacenará en nuestra memoria, crearemos nuevas sinapsis y nuevas rutas, transformaremos nuestro modo de pensar y con ello nuestro estado emocional. La memoria como recurso cerebral utilizado con todo el potencial que nos ofrece, será nuestra gran aliada.