No somos tan listos

Comparados con el resto de animales la inteligencia humana deslumbra, pero un análisis más serio revela nuestras enormes limitaciones intelectuales y nuestra irracionalidad.

Asistes a una fiesta y te presentan a varias personas. Te dicen sus nombres, pero instantes después no los recuerdas. Vas acompañado y quieres presentar a un conocido, pero no recuerdas su nombre; este, experto en relaciones sociales, se presenta él mismo y te libera de una situación algo bochornosa. Tranquilo, es normal, tu cerebro funciona tan mal como el de cualquier otro.


El neurocientífico David Linden dice que el cerebro es un kludge —klumsy (torpe), lame (poco convincente), ugly (feo), dumb (tonto), but good enough (pero suficientemente bueno)—. Y es que, lejos de responder a un diseño inteligente, el cerebro es algo bastante chapucero.


De hecho es sumamente fácil engañar al cerebro. Las ilusiones ópticas son un buen ejemplo. Las figuras del conejo y la liebre o la del jarrón y las caras, que habrás visto muchas veces, son unas ilusiones que te confunden. Lo curioso de estas figuras es que no puedes ver una mezcla de ambas: no ves el conejo y la liebre a la vez o una fusión de ambas; o ves la liebre o el conejo ya que existe una lucha entre poblaciones neuronales y solo puedes ser consciente de la que en ese momento va ganando.


La magia es una bella y excitante manera de comprobar lo sencillo que es confundir al cerebro. El mago te da unas pistas pero siempre oculta algo. La magia es en esencia falta de información. Con el resto de los datos tu cerebro escribe una narrativa que con gran sorpresa se muestra errónea.


La relación de fallos psicológicos va mucho más allá y cuando nos enfrentamos a cerebros con lesiones se manifiesta la complejidad de nuestro órgano más fascinante. Oliver Sacks cuenta la historia del hombre que no reconocía su pierna tras sufrir un ictus y perder el trozo del cerebro encargado de reconocerla. Sacks acudió a la cama del enfermo que estaba muy agitado. Este hizo saber al neurólogo que era de muy mal gusto haberle colocado a su lado la pierna de otro hombre y que con un poco de repulsión la había empujado fuera de la cama, pero para su sorpresa él había ido detrás al suelo. El cerebro del paciente no era capaz de encontrar una narrativa coherente entre la pierna que su cerebro no reconocía y la evidencia de que estaba pegada a su cuerpo y era suya y todo ello le provocaba una gran confusión. Por cierto, si no eres capaz de ponerte en su lugar y de comprender lo que le pasaba, es normal; resulta incomprensible para alguien cuyo cerebro no tiene esa lesión.


Pero los cerebros sin lesiones manifiestan un sinnúmero de conductas inconscientes. De hecho la mayoría de nuestro comportamiento es inconsciente. Abrir la puerta, salir de casa, andar por la calle, llegar al coche y conducir hasta nuestro destino es algo que hacemos sin prestar atención, de forma inconsciente. Solo una mínima parte de nuestra actividad cerebral es consciente. Esto no significa que la actividad inconsciente sea mala; por el contrario, es una conducta experta y sumamente eficiente y solo invocamos a la conciencia para las tareas difíciles.


Conocerás a un jugador de baloncesto famoso y simpático que ha triunfado en el extranjero. Sabrás también que promociona productos bancarios. ¿Qué tiene que ver el baloncesto con las hipotecas? Nada, desde luego. Pero eres víctima del efecto halo según el cual una persona (o país) que tiene varias cosas buenas lo tiene todo bueno. El efecto halo es solo uno de los muchos errores de juicio que cometemos y que se llaman sesgos cognitivos. Daniel Kahneman, psicólogo, es el primer no economista en recibir el Premio Nobel de Economía. Su estudio de los sesgos cognitivos deja la racionalidad humana a la altura de los zapatos. Los sesgos cognitivos no son errores ocasionales, son sistemáticos y su influencia en la economía es gigantesca. Uno de ellos es la aversión a la pérdida: compro una casa o unas acciones por valor de cien y este valor empieza a bajar. Un ente ecónomo totalmente racional se guiaría por el precio futuro y, si la expectativa es que siga bajando, vendería. Pero la mayoría de nosotros, incluidos muchos economistas irracionales, detestamos perder y no venderemos hasta que el bien no recupere el valor de cien, algo que puede no ocurrir nunca. Somos constantemente irracionales.


Cuando nos comparamos con los animales nos consideramos muy listos. Pero acaba de aparecer otro actor en la escena: la máquina. ¿Está nuestro chapucero cerebro en condiciones de competir con los ordenadores? He escrito UNA MIRADA AL FUTURO. Inteligencia artificial, abundancia, empleo y sociedadcon el propósito de responder a esta pregunta y las que se derivan de ella: ¿cómo será el mundo dentro de dos décadas? 


Publicado en bez

Autor: 
noreply@blogger.com (Antonio Orbe)