Razón vs. Emoción: la batalla cotidiana

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Desde la perspectiva evolutiva nuestra capacidad de raciocinio tiene la edad de un bebé. El cerebro humano ha evolucionado a lo largo de millones de años de modo parecido a cómo crece el tronco de un árbol, es decir, ha ido sumando capas unas sobre otras aumentando su grosor. Eso implica que el cerebro primigenio sigue estando ahí. Ese cerebro primigenio se conoce con el nombre de cerebro reptiliano dado que lo compartíamos con los reptiles. Se trata de una parte del cerebro que es instintiva y que se ocupa únicamente de regular nuestro equilibrio orgánico. Su objetivo es la supervivencia. Hace unos 400 millones de años que ejerce esa función y lo hace a las mil maravillas. Cuando nos deshidratamos nos “avisa” haciéndonos sentir sedientos, y si nuestra temperatura corporal baja demasiado nos “avisa” haciéndonos sentir frío. Es la parte cerebral que regula todo lo que es inconsciente y mantiene nuestras constantes vitales. Gracias a él sobrevivimos. El cerebro reptiliano no se emociona, no sabe qué es eso.

Unos millones de años más tarde apareció el cerebro límbico y con él las emociones. Su principal función era potenciar las acciones del cerebro reptiliano. Gracias a las emociones, además de querer sobrevivir estamos motivados para hacerlo. Cuando nuestra vida está comprometida por una amenaza, el cerebro envía información a diferentes órganos del cuerpo para energizarlo. Necesitamos energía para actuar, ya sea huyendo o defendiéndonos. Gracias a la segregación se sustancias como la adrenalina y otras, la respiración se acelera, el ritmo cardíaco aumenta, las pupilas de dilatan, hay una cantidad ingente de cambios en todo el cuerpo que nos preparan para la acción. Eso es lo que hacen las emociones: informarnos de que algo importante está sucediendo, tanto si es agradable como desagradable. Por eso siempre recordamos todo aquello que ha tenido un gran impacto emocional para nosotros. Siendo rigurosos, las emociones no son más que la respuesta fisiológica en el cuerpo a determinadas órdenes del cerebro. La adrenalina se segrega porque las glándulas suprarrenales reciben la orden oportuna. Notamos esa respuesta somática en el pulso, en los latidos del corazón, en la respiración acelerada, en la sudoración… y a ese cúmulo de sensaciones físicas les ponemos un nombre: sentimientos.

¿Quién les pone un nombre? El cerebro cognitivo o neocórtex. La parte más evolucionada del cerebro, la que nos permite pensar, planificar, anticipar. Gracias a la cognición existe el lenguaje y cooperamos con los demás. Los primeros Homo Sapiens se reunían para cazar en grupo lo que aumentaba sus posibilidades de éxito. Con el cerebro cognitivo razonamos y tenemos la capacidad de darle un nombre a nuestras emociones: tengo miedo, estoy ansioso, estresado, eufórico, enfadado, etc. A la toma de consciencia de las emociones la llamamos sentimiento. Cuando estamos emocionados (sean emociones agradables o desagradables), se produce un feed-back,  el cerebro recibe información de todo lo que esta ocurriendo en nuestro organismo y nos lo hace saber de forma consciente. No decimos "tengo más adrenalina en sangre", sino "estoy estresado".

Resumiendo: las emociones son la respuesta fisiológica en el cuerpo ante las órdenes que dan determinadas estructuras cerebrales cuando se producen ciertos estímulos. Los sentimientos son la respuesta fisiológica en el cerebro que dan determinadas estructuras cerebrales cuando reciben información del resto del cuerpo. El sentimiento es la expresión consciente de la emoción. La información emocional va de "arriba a abajo", la información sentimental va de "abajo a arriba". La disyuntiva no es “razón-corazón”, sino cognición-emoción. O lo que es lo mismo: todo ocurre en el cerebro.

La respuesta emocional está provocada por el sistema límbico. Es inconsciente e instintiva y NO se puede controlar. No le podemos decir a nuestra glándula suprarrenal que se esté quietecita. Sin embargo, se puede regular. La forma de regularla es a través de la razón. La razón nos hace civilizados. El sistema límbico nos hace sentir cólera, y el sistema cognitivo regula la expresión de esa cólera para que no nos comportemos comos unos desalmados. El sistema límbico puede sugerirnos que el niño merece un guantazo, pero gracias al sistema cognitivo no se lo damos sino que le explicamos porqué nos desagrada su comportamiento.

La razón nos da argumentos para no caer en la tentación de comprarnos un capricho; la emoción trata de convencernos de que lo merecemos. La razón nos informa de que esa relación no nos conviene, la emoción hace que no la dejemos. Hacemos miles de cosas completamente irracionales sin “pensarlo”, como taparnos la cabeza con las sábanas si oímos un ruido nocturno en la casa, como si las sábanas estuvieran blindadas y garantizaran nuestra integridad. O cambiar de acera si nos cruzamos con una gato negro, como si éste pudiera devorarnos o modificar nuestra suerte. O cruzar los dedos, como si eso la favoreciera. O comprar un número de lotería “bonito” como si tuviera más probabilidades de ser premiado. Cuando bajamos la guardia cognitiva es decir, “cuando actuamos sin pensar”, es la emoción (o la expresión consciente de ella) la que guía nuestra conducta. Por eso se dice que “la razón guía, las emociones deciden”. Por eso siempre nos han aconsejado “cuenta hasta diez”.

Es una batalla diaria la que libramos entre la emoción y la razón. Y cuando el desequilibro entre ambas es muy intenso, decimos que estamos neuróticos. La neurosis, o capacidad de amargarse la vida, no es más que un conflicto entre la razón y la emoción. Las emociones son importantísimas en la vida dado que nos ayudan a tomar decisiones. Ante una disyuntiva, gracias a la cognición podemos imaginar cómo nos sentiremos si tomamos una u otra alternativa, adelantamos el
 estado emocional. También es cierto que a veces incluso siendo muy racionales nos equivocamos y entonces nos preguntamos si no deberíamos haber hecho lo que nos apetecía de verdad y no lo que nos aconsejaba el raciocinio. En cualquier caso las bolas de cristal no se usan en neurociencia y tenemos que aceptar nuestra falibilidad, puesto que como seres humanos somos imperfectos.

La razón es infinitamente más poderosa que la emoción si hacemos un uso adecuado y consciente de ella. Nos permite regular nuestra respuesta emocional. Nos lleva a equilibrar el conflicto. Nos da la capacidad de sentir de forma adecuada nuestras emociones y modularlas en respuesta a un estímulo estresante. Ese estímulo, por cierto, puede ser externo o interno. Los externos son evidentes: una discusión, una amenaza real, un susto. Los estímulos internos son fruto de nuestra capacidad de imaginar peligros irreales, anticipándolos de manera que nos sentimos exactamente igual a cómo nos sentiríamos si existieran puesto que las órdenes que el sistema límbico da al cuerpo son las mismas. La ansiedad es un buen ejemplo de ello. Una persona que tiene ansiedad sufre ante un peligro imaginario y sus emociones se desbocan. La cognición consigue que la ansiedad se volatilice. 

La razón nos da la oportunidad de cambiar una emoción insana por una emoción sana. Una emoción se puede sustituir por otra emoción más poderosa. Si caminamos por la calle mirando el móvil y alguien se nos echa encima, nuestra respuesta instintiva es enfadarnos: “¡Es que no mira por donde va!”. Cuando nos damos cuenta de que se trata de un invidente nuestra emoción cambia instantáneamente: “Oh, perdone! ¿se ha hecho usted daño?”. Al tomar verdadera consciencia de la situación real, el estado anímico se modifica por completo.

Por otra parte, emociones innatas hay pocas, la mayoría son condicionadas y fruto del aprendizaje y de nuestra experiencia vital. Si hemos “aprendido” a neurotizarnos también podemos desaprender a hacerlo y transformarnos en personas más estables, lo que Goleman llamó personas con inteligencia emocional. Gracias a la inteligencia emocional comprendemos nuestras emociones y las de los demás, tenemos en cuenta sus sentimientos y aumentamos nuestra capacidad de crear relaciones fructíferas y libres de conflictos. Y es que en las relaciones interpersonales el conflicto razón-emoción puede alcanzar cotas que nos hagan perder los estribos si la razón vence la batalla.

El siguiente video es una propuesta para acabar esta lectura con una respuesta emocional agradable. Presenta la caricatura de una relación entre dos cuñadas cuyo conflicto razón-emoción está asegurado. ¡Disfrutadlo!