Si no sé que no sé, pienso que sé

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Los seres humanos tenemos una gran habilidad para justificar cualquier pensamiento, emoción o conducta, aunque sean incoherentes, disparatadas o dañinas. Nuestros argumentos suelen ser ilógicos, pero como no lo sabemos…

​Infinitas veces nos hemos preguntado por qué continuamos alimentando pensamientos perturbadores, sosteniendo emociones aflictivas, o conductas nocivas, si hay un “yo”, una parte de nosotros, que nos advierte de lo erróneo de nuestro proceder, ya sea porque va en detrimento de nuestro propio bien o en el de nuestras relaciones con los demás. Es como si estuviéramos fragmentados en dos individuos, uno de ellos tiene plena consciencia de los errores que comete, y el otro se bloquea, se derrumba o sucumbe inevitablemente a esta especie de fuerza que nos acorrala en un laberinto del que no sabemos salir. 

No sabemos salir porque no sabemos dónde estamos, nos encontramos perdidos. Nos falta el hilo que Ariadna le proporcionó a Teseo como guía para abandonar el laberinto en el que se adentró buscando al Minotauro. Nuestro hilo se llama conocimiento. La mayoría de nosotros hemos tenido la opción de disponer de formación en cualquier disciplina concerniente al mundo externo. En la formación escolar, secundaria, universitaria, adquirimos conocimientos acerca de materias sociales, técnicas, científicas, artísticas, etc., pero no obtenemos enseñanzas sobre nuestro mundo interior. No sabemos cómo funcionamos mentalmente y lo peor, es que no sabemos que no lo sabemos y entonces… pensamos que sabemos. Argumentamos nuestro malestar en base a lo que sospechamos que lo ha causado, y si no estamos seguros de la causa, creemos intuirla. Algunas veces, ni siquiera somos capaces de encontrar razones, y simplemente nos aturdimos buscando el “¿por qué?”.

Ignorar nuestro desconocimiento tiene una doble consecuencia: no podemos –¡porque no sabemos!- avanzar y además nos culpabilizamos y nos frustramos por sentirnos incapaces. Este enmarañamiento de pensamientos, emociones y conductas bloqueantes se retroalimenta y nos estanca. Otras veces, en lugar de estancarnos nos conduce a caminos equivocados que consideramos adecuados simplemente porque otros también los siguen, y nos unimos al grupo con la esperanza de transitar en la dirección correcta o de obtener el apoyo de los demás. 

La salida del laberinto existe, es real. Para encaminarnos hacia ella hay que dar los primeros pasos en la búsqueda de la información que nos proporcione el conocimiento necesario para comprender cómo elaboramos nuestros procesos mentales, cómo se disparan nuestras emociones, cómo las mantenemos, cómo podemos gestionarlas, qué hay que hacer para potenciar un hábito de pensamiento emocionalmente saludable. Se trata de mecanismos de fácil comprensión, que simplemente ignoramos porque no hemos tenido la oportunidad de aprenderlos. A diferencia de cualquier otro órgano de nuestro cuerpo, el funcionamiento del cerebro humano sólo puede ser comprendido mediante su estudio en vivo, y hasta hace muy poco tiempo no se disponía de la tecnología necesaria para ello. Aunque queda muchísimo por descubrir, afortunadamente ya disponemos de la información suficiente para conocer los pilares del comportamiento cerebral y comprender qué somos, qué hacemos cognitivamente y por qué.

Ese conocimiento es el hilo que desovillará nuestro entresijo mental y nos conducirá hacia la salida del laberinto. Una vez adquirido, simplemente hay que seguir la dirección correcta, paso a paso, disfrutando de los progresos, conscientes de que tal vez podamos retroceder y aceptándolo como parte del aprendizaje. El camino del autodescubrimiento está lleno de sorpresas, de “eurekas”; podemos encontrar subidas escarpadas y valles fáciles de transitar, es un camino no siempre llano, pero sí satisfactorio.