Sobre el buen trato y el mal trato...

¿Quién te enseñó a tratar bien a los demás?

Cuando hago esta pregunta me suele llegar del otro sorpresa, desconcierto y a veces curiosidad. Al momento capto perfectamente como la persona que tengo delante bucea en su historia personal buscando su respuesta. Normalmente concluye con algo parecido a “mi familia, mis padres, profesores, la religión o la sociedad”. En ocasiones se reduce la respuesta a señalar personas concretas “mi abuelo, mi madre,…”, sin duda figuras de referencia con quienes ha establecido un vínculo afectivo especial, sus anclajes de arraigo personal.


En nuestra sociedad es más que evidente la tendencia en mayúsculas a educar en base al otro, lo cual no excluye necesariamente por sí mismo otras posibilidades. Lo que flota en el ambiente desde que se inicia el proceso de socialización es la importancia de respetar al otro, colaborar con el otro, escucharlo, apoyarlo, compartir, atenderlo, ayudarlo, cuidarlo, respetar su espacio y su ritmo, cuidar las formas para evitar la ofensa, validarlo, impulsarlo,… Desde la niñez se refuerza el buen trato hacia los demás, se premia y se alaba. Si tu comportamiento es prosocial serás aceptado y valorado por la mayoría. Es una forma eficaz de conseguir reconocimiento social y de validarte a ti mismo.


La siguiente pregunta que hago es:

¿Quién te enseñó a tratarte bien?

Percibo el impacto que produce y normalmente se suceden unos segundos de silencio. Lo que suelo encontrar es respuestas del tipo “nadie… yo mismo”. ¿No te parece cuanto menos curioso?

La forma de relación con los demás y con uno mismo se aprende y es susceptible de "desaprenderse" o "reaprenderse". Es posible el cambio.

                                                                                                                FOTO: https://www.lamenteesmaravillosa.es

Para algunas personas tratarse bien puede entrar en conflicto con no tratar bien a los demás porque interpretan el establecimiento de límites en sus relaciones como un descuido del otro por su parte y no toleran esa imagen de sí mismos. A veces hay miedo a que el otro se vaya o deje de quererlo si uno dice NO o atiende en primer lugar sus propias necesidades o apetencias. Cuando alguien percibe como incompatible tratarse bien y tratar bien al otro en alguna circunstancia, vivencia un conflicto interior que gestionará de un modo u otro según su estructura de creencias y su repertorio conductual.

Otras personas creen a pies juntillas que tratarse bien es ser egoísta y por ende es reprochable. Hay quien no cree tener derecho a primarse o quien antepone las necesidades de los demás (sacrificándose a sí mismo) porque refuerza de este modo su propia imagen o encuentra de esta forma un modo de sentirse necesario y útil (“el otro me necesita”). Sería algo así como creerse imprescindible para la otra persona, encubriéndose normalmente de este modo miedos propios y lamentablemente devolviéndole al otro una imagen de sí mismo empañada por la visión de contemplarlo como incapaz ("estoy aquí para hacer por ti lo que tú no puedes hacer"). En ocasiones alguien puede no tratarse bien porque se castiga a sí mismo o purga su culpa y en otras uno puede llegar a perderse a sí mismo en el afán por cuidar o atender a la otra persona arrastrado por emociones como la pena del otro.


¿Quién te enseñó a escucharte independientemente de la influencia del entorno, a leer las señales que tu cuerpo te da, a hablarte de forma amable y respetuosa, a reconocer tus emociones, darles voz y espacio, a cuidarte en su extensión más amplia (cuerpo, mente y espíritu), a impulsarte o a creer en ti y en que eres “capaz de”?


¿Quién te enseñó a conectar con lo que te hace sentir más auténtico, a validarte día a día y experiencia tras experiencia, a permitirte ejercer cada uno de tus derechos (expresar lo que piensas y sientes, cambiar de opinión, ser escuchado, ser amado,…), a exigir un trato digno, a no permitir abusos o a establecer límites personales para salvaguardar tu bienestar?

RespetarTE supone reconocerte y reconocer tu dignidad, aceptarte con tus luces y tus sombras, identificar tus necesidades y atenderlas, validarte desde la flexibilidad y amarte.


Las relaciones sanas necesariamente implican el buen trato hacia uno mismo y hacia el otro, hacia la individualidad, hacia lo que eres con el otro y el otro es contigo.


Analizar cómo te tratas y averiguar qué creencias o miedos impiden que no te trates bien, cuándo se activan y cómo sería tu vida sin justo lo que te limita, supone tomar conciencia de lo que ES y disponer de un punto de partida que te lleve donde quieres realmente ir.


El camino del autoconocimiento y del crecimiento personal es propio e individual y por ello sólo uno mismo puede recorrerlo. 

Autor: 
Susana Tárrega Verdú